
Por Milagros Muschietti Piana
¿Cuántas veces nuestros estudiantes leen un texto porque quieren saber qué ocurre y cuántas porque nosotros se lo pedimos?
La pregunta puede parecer incómoda, pero nos lleva directamente a uno de los grandes desafíos de trabajar las habilidades escritas en el aula de idiomas: conseguir que nuestros estudiantes tengan una razón para leer y escribir.
Durante mucho tiempo, la lectura en el aula de idiomas ha estado asociada principalmente a actividades de comprensión: leer un texto, responder preguntas, buscar información o identificar vocabulario. Es cierto que muchas de estas actividades se justifican por motivos pedagógicos. Sin embargo, la comprensión no tiene por qué ser el punto de llegada. Podemos utilizarla como punto de partida y anclar la lectura al mundo real para convertirla en una experiencia más significativa.
¿Qué pasa si después de leer nuestros estudiantes tienen que tomar una posición, recomendar el texto a un compañero, continuar una historia, escribir desde la perspectiva de uno de sus personajes o debatir por escrito sobre una de las ideas que aparecen?
En estos escenarios, leer se convierte en el punto de partida para hacer algo con aquello que leimos. Y así nace una posibilidad especialmente interesante: utilizar la lectura crítica como motor de la escritura creativa.
Cuando el estudiante se pregunta si está de acuerdo con un personaje, se imagina qué habría ocurrido si la historia terminara de otra manera, quiere defender una determinada interpretación o encuentra una pregunta que el texto no responde, ya tiene algo que decir. Y cuando tenemos algo que decir, escribir adquiere otro sentido.
Pero para que esto ocurra, primero necesitamos que nuestros estudiantes quieran entrar en el texto, involucrarse con lo que leen y encontrar algún motivo para seguir leyendo. Y aquí aparece otra cuestión fundamental: el placer de leer.
No todos disfrutamos de leer de la misma manera. No todos tenemos los mismos hábitos lectores, los mismos intereses ni la misma relación con los libros. Y, además, leer en una lengua extranjera puede suponer un esfuerzo considerable.
Por eso, para hacer de la experiencia lectora en lengua extranjera una experiencia placentera, no alcanza simplemente con elegir un libro y pedir a todos que lo lean. Fomentar la lectura por placer implica, sobre todo, encender la llama de la curiosidad: despertar el interés por lo que está pasando, por los personajes, por las ideas que aparecen y por lo que podría ocurrir a continuación. Se trata —nada más y nada menos— de crear las condiciones para que nuestros estudiantes quieran participar.
Y en este punto, un club de lectura puede ser un espacio especialmente privilegiado para conseguirlo.
En lugar de que cada estudiante lea de manera aislada y después responda individualmente a unas preguntas, podemos construir una experiencia compartida alrededor de la lectura.
Un estudiante puede recomendar un personaje. Otro puede defender una interpretación diferente. Incluso quien ha avanzado menos en la lectura puede participar a partir de una imagen, una frase, una pregunta o una hipótesis.
De este modo, la lectura se convierte en una experiencia social compartida.
Y esto es especialmente importante cuando trabajamos con grupos diversos: no se trata solo de conseguir que todos participen, sino de diseñar un club en el que cada estudiante pueda entrar en la lectura desde diferentes puntos de partida y encontrar distintas maneras de aportar.
Pensar el club de lectura de esta manera supone cambiar la pregunta. Ya no se trata solamente de preguntarnos “¿Entendieron lo que leyeron?”, sino también “¿qué pueden hacer con eso que leyeron?”.
Y quizás ahí esté una de las claves para integrar realmente lectura y escritura: hacer que leer genere ganas de decir, y que esas ganas encuentren en la escritura una forma de expresión.